Los amantes del buen vino saben que el caldo que se extrae de la uva, cuando se elabora correctamente, es mucho más que una bebida. Además de su aroma, su sabor y sus propiedades espirituosas, lo que hace verdaderamente atractivo al vino es todo el ritual que existe a su alrededor.

Cuando adquirimos una buena botella de vino, nos gusta almacenarla celosamente en la bodega del sótano para ver como va adquiriendo matices con cada mota de polvo. Los grandes coleccionistas son capaces de guardar una botella durante años, esperando una ocasión especial para degustarlo. Otros, ni siquiera contemplan la posibilidad de abrirla y prefieren conservarla como un valioso tesoro de familia.

Cuando se presenta un acontecimiento verdaderamente importante, los grandes amantes del vino siempre tienen una buena botella en reserva a la que recurrir. Y todos hemos visto al tiempo detenerse en el momento del descorche, en el decantado, oliendo los aromas abrirse en la copa o contemplando los matices de color.

Cuando finalmente llega a nuestro paladar, un estremecimiento de placer nos recorre de la cabeza a los pies recordándonos el viaje en el tiempo y el espacio que el líquido ha recorrido hasta llegar a nosotros.

Por eso, no es de extrañar que, allá por 1985, uno de estos entusiastas del vino llegase a pagar más de 166.000 euros en una subasta de Christie’s por una botella de Chateau Lafite Rothschild de 1787. Ya fuese por puro hedonismo o por motivos especulativos, Christopher Forbes hizo un desembolso que convirtió a este caldo elaborado en la región de Médoc, con denominación de origen Burdeos, en el vino más caro del mundo.

Precio: 166.000 euros