La mayoría de la gente siente deseos fuertes de que algo ocurra sin hacer nada por su parte para que las cosas sucedan. Es muy bonito tener fantasías y soñar despiertos, pero la realidad es que soñando nadie llega a ningún sitio.

Si la meta de alguien es hacerse rico, no basta con decírselo a todo el mundo y decir “ojalá” porque esa palabra no la usan los millonarios. La gente que se hace rica lo consigue haciendo cosas (y no nos referimos precisamente a comprar lotería). Los que amasan dinero gracias a su esfuerzo y su trabajo nunca usaron la palabra “ojalá”.

En El más caro del mundo queremos subrayar las consecuencias que puede tener el uso de esta interjección que significa tener un deseo de que suceda algo, parece muy inocente pero es muy poderosa.  

Es importante medir el vocabulario, saber lo que se dice y cómo se dice en todos los contextos de la vida. Tomar conciencia de cuántas veces se dice “voy a intentarlo” y cuántas veces se dice “voy a hacerlo”, está claro que lo segundo tiene mucha más fuerza e inspira más seguridad.

Pasar del campo del deseo al campo de la acción. Hay que preguntarse qué se puede hacer para que ocurra lo que se desea.

Una vez que se es consciente de las palabras que se usan, hay que pasar a la acción. Para ello, hay controlar y cambiar los verbos pasivos por los activos. Olvidar los condicionales.

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Por tanto, una vez que el lenguaje está dominado lo interesante es pasar a la acción no verbal. Focalizar todas las fuerzas y energías en acciones que se dominen y lo que no tenga que ver con el esfuerzo personal, dejarlo a un lado directamente.